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República es, entendida la palabra en su acepción etimológica, la cosa pública. Es la suma de acciones realizadas por un agente, de acuerdo con ciertas reglas establecidas por él o por leyes anteriores a él, y enderezadas al bien común. En tal sentido podían hablar de república los clásicos españoles y franceses que vivieron bajo regímenes monárquicos. Como se ve la acepción es lata. Comprende el hecho político de los más variados países. Es la realidad misma del gobierno.

La democracia es la utopía, la abstracción. De la justa exigencia de clasificar los gobiernos por géneros, según el orden de distribución del poder, para luego pasar más fácilmente al estudio de los gobiernos particulares, los teorizadores racionalistas han pasado a hacer de los géneros verdaderas hipóstasis. Cada forma de gobierno se ha convertido así en una persona con más vida que los gobiernos de tipo semejante de los cuales se han sacado las cualidades que caracterizan a aquélla. Y el teorizador dice que no habrá gobierno perfecto en cada caso particular sino cuando se reproduzcan exactamente los rasgos de una de aquellas personas ideales. Cada una de éstas ha tenido sus propugnadores. Pero ninguna tantos como la democracia. Ni tan sistemáticos. Es que de la aristocracia y la monarquía, de la república romana y el reino de Francia se ha ido formando la teoría al mismo tiempo que la realidad histórica, y el teorizador ha sido en la mayoría de los casos nada más que el historiador de aquellas formaciones políticas. Así las teorías de la monarquía, la aristocracia o la república son, en los mejores autores, una misma cosa con la de la forma mixta de gobierno, la cual permite una razonable organización social bajo cualquiera de aquellos regímenes. La teoría de la democracia perfecta ha surgido como un movimiento de oposición, hecha por hombres que sufrían de los inconvenientes inevitables en toda formación social y que se vengaban teorizando sus rencores. Ostenta la unilateralidad y el espíritu sectario de un programa de partido.

El demócrata siempre está a la puerta de las condiciones que harán posible la democracia perfecta. La democracia existente es siempre la mala. La buena siempre está por hacerse. Y como la construcción no terminará nunca, nunca le será posible a la ciencia juzgarla definitivamente. Por eso, si Platón y Aristóteles fueron partidarios de la aristocracia, dice el teórico demócrata, sus preferencias no tienen valor ninguno.

En el aspecto económico, la democracia es un régimen de consumo. Como en teoría todos somos iguales, nadie acepta de buen grado los duros oficios de la producción, que quedan únicamente para aquellos que no alcanzan una participación en el presupuesto del Estado. Se puede empezar a poner en práctica, en gran escala, sólo después de un régimen de producción y economía, iniciándose con la expoliación de los que han acumulado la riqueza. A medida que la democracia se acerca a su ideal, cada vez los ricos tienen menos sin que los pobres tengan más, hasta el momento de la nivelación por abajo en la miseria de todos; y con fugaz realización de la democracia perfecta coincide su ruina o la del país en el que se practique. Rivarol trae al respecto el siguiente apólogo: se acusó a las fuentes públicas de acaparar las aguas; las fuentes fueron destruidas y el agua se perdió. Como se ve, no se pretende negar en absoluto la posibilidad de la democracia, que todo es posible. Sino que tampoco se puede ganar, dada la correcta aplicación de aquélla, lo irremediable del fin al que conduce.

República es el gobierno existente en cualquier país bien organizado, donde éste sea regido por aquél como el cuerpo lo es por el alma. Implica la admisión, en el ejercicio del gobierno y en su formación, de un principio más espiritual que el mayoritario, la capacidad y la representación de la capacidad, y en el organismo social, de las diferencias establecidas por la naturaleza; el respeto por las superioridades de la posición, de la cultura, de la edad, etc.; una equitativa consideración de todas las clases. No es la manera menos eficaz de atender a las justas reivindicaciones de los trabajadores el procurar su buena inteligencia con los capitalistas para el mejor resultado de la producción. En una república bien organizada la acumulación de la riqueza no es delito; el dinero es honrado porque sólo así se consigue que preste un servicio público. El Estado necesita que haya quienes puedan y quieran servirlo desinteresadamente.

Por Julio Irazusta

(Publicado originariamente en el periódico “La Nueva República” del 15 de marzo de 1928)

Fuente: http://jovenesrevisionistas.org/

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